Plaza del Rossio

Estuvimos en Lisboa en junio del año pasado.  Había estado allí de niña pero apenas recordaba nada, así que nuestra incursión en la capital portuguesa fue para mí descubrirla. Mi compañero de trabajo Luis Ángel Ruiz me dio algunos consejos y sugerencias, y nos dejó dos tarjetas de transporte “Viaggem” con algo de saldo, que conservaba de cuando él estuvo allí.
Volamos con Tapair y el billete nos salió muy bien de precio: unos 114 euros ida y vuelta. Para que saliera ventajoso económicamente había que regresar a los 6 días e ir con equipaje de mano, y así lo hicimos. Toda una experiencia viniendo de mí y con lo que suelo cargar la maleta.

El vuelo duró 2h. 30’ porque era de hélices, pero aún así el vuelo fue agradable. Al salir de allí nos dirigimos a la Oficina de Turismo del aeropuerto, atendida por 5 personas. La chica que nos atendió era muy amable y adquirimos la “Lisboa Card”, una tarjeta que vale 40 euros/72 horas y te permite el uso libre en cualquier medio de transporte, entradas de muchos monumentos y museos (solo con la entrada al Monasterio de los Jerónimos – 10 euros-, y a la torre  de Belem – 7 euros, ya supone un gran ahorro). 

Cruzamos la calle y nos encontramos con la estación de metro. Allí recargamos las “Viaggem” y tomamos la línea de tren hasta Alameda; luego cambiamos hasta Baixa-Chiado. Una vez allí, en esa plaza, que ya vimos repleta de gente y bullicio, decidimos ir a pie hasta el apartamento porque ya nos habían dicho que es complicado subir en tranvía con maleta. Y más ese tranvía, que es el más turístico de Lisboa, el 28. Así que menos mal que era cuesta abajo porque veíamos a la gente subir cuesta arriba con la lengua fuera. Y pensé que esa misma cuesta quizá la tendríamos que subir nosotros en alguna ocasión…  El caso es que a los días vi que Google maps me había indicado correctamente cómo llegar al apartamento, pues a la vuelta tomamos un autobús, el 727, hasta la plaza Marqués de Pombal y de allí un metro línea roja hasta el aeropuerto.

Llegamos al apartamento, y nos esperaba Bárbara en la puerta. Nada más entrar por el diminuto umbral nos encontramos ante una gran escalera de madera empinadísima. Y todavía había un tramo más de escaleras a la derecha que no se veían. Una vez dentro, el ático tenía su encanto pero era viejo, mucho, pese a que habían intentado sacar lo mejor de él. Para ello, lo habían pintado todo de azul, y el marco de las puertas estaba ribeteado en amarillo-ocre. Había una alfombra de hilo gordo , hippy, bajo el sofá-cama, y metida en una habitación donde apenas cabía nada más, la cama grande, que si te fijabas, estaba un poquito cuesta abajo por la pendiente del piso. El horno no funcionaba, y el congelador estaba empotrado en la nevera, sin puerta. Pero había enchufes y el gas funcionaba, y cubría lo básico. Espejos donde mirarte, papel higiénico, etc.

Nuestro apartamento

Las vistas las teníamos al Parlamento, gracias a que el edificio de enfrente se había caído. Estábamos en Rúa da Paz, 44. Y la calle de abajo era Sao Bento, muy conocida.

Entre las cosas que visitamos:

La Iglesia del Sagrado Corazón, y para llegar a ella pasamos por delante del Parlamento. A las 12 vimos cómo hacían el cambio de guardia. Salen tres personas del edificio , realizan los movimientos militares, y los dos que había se van con el de en medio, que es el que siempre acompaña a los que reemplazan. Muy curioso de ver.


Frente al Sagrado Corazón hay un parque bastante bonito donde los patitos corretean custodiados por su madres. También hay un estanque y es agradable sentarse allí a descansar.

Parlamento

Al día siguiente fuimos al distrito de Belem. Hay varias maneras de llegar; nosotros tomamos el metro hasta Cais do Sodré y desde allí, al salir de la estación y al otro lado de la carretera se toma el bus 15E. La cola era larguísima. Está claro que ir a Lisboa sin visitar Belem es perderse una gran parte del patrimonio.
Bajamos antes de lo que debíamos, pero ello nos sirvió para caminar y hacernos a la idea de Belem.

Torre de Belem

El Monasterio de los Jerónimos fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983. Su nombre en portugués es Mosteiro dos Jerónimos. Una maravilla haberlo visitado.

Monasterio de los Jerónimos

Diseñado por el arquitecto Diego de Boitaca, la construcción del Monasterio de los Jerónimos se inició el 6 de enero de 1501 y se concluyó a finales del siglo XVI. El estilo predominante del monasterio es el manuelino y se construyó para celebrar el regreso de la India de Vasco de Gama.

Como curiosidad, la ubicación del monasterio fue elegida por ser donde se encontraba la Ermida do Restelo, iglesia donde Vasco de Gama y su tripulación pasaron un tiempo rezando antes de iniciar su viaje.

Los puntos de interés turístico más importantes de la iglesia son las tumbas de Vasco de Gama y de Luís de Camões.

Además está el Monumento a los Descubridores  y el Museo de Arqueología. También hay un planetario; lástima no poder verlo todo porque teníamos que ir escogiendo.

Monumento a los Descubridores

Belem es como otra ciudad; está claro que comparándola con la parte turística y tradicional de Lisboa, está muy bien conservada y muestra el esplendor de una época pasada. Además, es imprescindible probar los pastelitos de Belem, nombre que tiene registrado una pastelería de allí, que está hasta los topes siempre. Puedes tomarte el pastelito allí, sentándote en una de las mesas (es un sitio amplio, lleno de recovecos y salones , que no imaginas al entrar), o llevártelo, como hicimos nosotros.

Tras el pastelito y el refresco en un establecimiento, la vuelta a Lisboa la hicimos en autobús, y nos dejó muy cerca de nuestro apartamento.

Para aprovechar la Lisboa Card, al día siguiente nos fuimos a Sintra, pues el viaje en tren es gratuito, y también hay un pequeño descuento en el bus turístico. Si tienen ocasión no se pierdan la oportunidad.  Nuevamente debo agradecer a Luis Ángel Ruiz la recomendación pese a que él no pudo ir en su viaje. Nos pareció un lugar mágico, lleno de encanto, pero al que hay que ir en coche o con un autobús turístico (me decanto más por esto último); los lugares para visitar están muy lejos unos de otros, y todos cuesta abajo y cuesta arriba.

Quinta da Regaleira




Lago en Quinta da Regaleira

Fuimos a “Quinta da Regaleira”. La propiedad ya existía en 1692 pero fue cuando los barones da Regaleira venden la propiedad al Dr. António Augusto Carvalho Monterio, cuando empieza la verdadera fisonomía del lugar que hoy podemos contemplar. Es un lugar mágico, lleno de rincones, con laberintos y palacetes. Estaba lloviendo y no nos importó porque el lugar era una maravilla. Tomamos el bus turístico y vimos que allí también es un lugar conocido por su vino, pero no pudimos parar en la bodega. Sí lo hicimos en “Praia Grande”, pues teníamos que comer y el conductor nos aconsejó que lo hiciéramos allí. La visión de la enorme playa atlántica nos encantó. Luego fuimos a “Cabo da Roca”, donde apenas pudimos hacer fotos por la lluvia y el viento, como suele ocurrir a veces en los acantilados que dan a océanos. Bajamos después en el “Palacio da Pena”. Lo vimos por fuera, pero ya no nos dio tiempo a visitarlo, ni tampoco los jardines. Estaba lloviendo mucho y teníamos que tomar un tren de regreso a Lisboa. Con gran pena nos marchamos y dijimos que en otra ocasión volveríamos exclusivamente a Sintra para seguir visitando los palacios y monumentos que tiene, pues su patrimonio es grandísimo.

Playa Grande (Sintra)

Tomar el tranvía 28, subir a Alfama, y en el camino ver la Catedral, el Mirador de Santa Lucía, múltiples plazas y plazoletas llenas de encanto, la Iglesia de San Vicente, el Panteón Nacional, que está al lado, y si es jueves ponen un mercadillo pintoresco justo al lado. Se puede comer en el restaurante del mismo mercadillo: comida casera y a buen precio. También, por esa zona, me recomendaron el restaurante “Taberna dos Clérigos”, en la calçada de Sao Vicente.

La Plaza Rossio con las ruinas del Convento do Carmo al fondo

Más abajo, está el Elevador de Santa Justa. Nosotros hicimos mucha cola para poder subir; y luego , como no queríamos hacer cola para bajar, lo hicimos atravesando un restaurante que hay en la parte de arriba, luego bajamos unas escaleras, que nos conducían hasta un ascensor. El ascensor lo tomamos sin problemas y daba a una tienda donde vendían bisutería realizada en corcho; venden muchísimos objetos de corcho en Lisboa, incluso zapatillas de estar por casa. Luego me dijo un amigo que él en su temprana juventud estuvo trabajando en Portugal sacando corcho, que había muchísimos alcornoques…

Elevador de Santa Justa


El caso es que si lo llegamos a saber, hubiéramos intentado encontrar el ascensor y subir, y no hay tanta diferencia desde donde se puede subir con el ascensor y luego unos pocos escalones, hasta donde te sube el elevador, por lo menos en mi opinión.

Si comemos por la zona más comercial, hay múltiples lugares por la Rua da Plata, la zona de la Plaça do comercio, Rua dos Fanqueiros y aledaños. Nosotros comimos en un Restaurante llamado “Caneca de Prata”, y qué les voy a decir, el bacalao siempre lo preparan de maravilla en cualquier restaurante de los que nos topamos. Algo que también solíamos pedir era “Vinho verde”. Lo servían muy fresquito y tenía muy buen gusto.

Restaurante Caneca de Prata

Por la zona más comercial se puede visitar el Arco de Augusta, y subir a la parte de arriba. Con la Lisboa card es gratis también. Allí, ya en la Plaza del Comercio, al frente está la zona fluvial, con muchos atractivos: un hombre que pinta las piedras y les pinta caras, esculturas de arena, gente paseando y tomando cocktails… También nos llamó la atención un puesto donde hacían batidos y para batir la fruta tenían una bicicleta adosada; el cliente podía batir él mismo la fruta pedaleando, y como no podía ser de otra manera yo lo tuve que probar. Esas cosas ingeniosas son las que dan alegría y marcan el tono de algo distinto a los viajes, a la vez que la empresaria se ingenió un modo ecológico y llamativo de llevar su negocio.

Desde el Arco de Augusta

Una noche, paseando, pasamos por delante de las ruinas del Convento del Carmen  y vimos que había gente esperando para entrar; había un espectáculo que comenzaba diez minutos más tarde y en el cual, proyectándose en las paredes imágenes, luces y sonidos, narraban los acontecimientos más importantes de la historia de Lisboa. Fue algo muy original y no nos arrepentimos de haber adquirido la entrada. El espectáculo se llamaba “Lisbon under stars”. Por parte de la organización debo decir que deberían haber puesto sillas para contemplar el espectáculo. Por lo demás, nos enteramos de detalles de Lisboa que desconocíamos.

Cerca de nuestro apartamento, ubicado en el Barrio Alto y a cuyo lugar no resultaba nada amable llegar (cuestas, escaleras espinadas, un ático…) había un sitio que llamaba la atención en la zona. Era un lugar dedicado al vino, un lugar elegante y de muy buen trato al cliente. Prefirieron comunicarse en inglés con nosotros. Se llama “Mundo do Vino” y está ubicado en Calle Sao Bento 15; realizan catas, cursos… Pero como no nos mostramos interesados, nos ofrecieron una tarjeta, a la cual podías añadir el saldo que quisieras, y con ese saldo ponerte el vino que quisieras degustar. El chico era muy amable y nos explicaba la particularidad de cada vino; acordándome de mi querido Fondillón, me decanté por los vinos añejos; primero fue un Oporto, y aunque estaba bueno, no era el sabor que esperaba. Entonces probé el Madeira de 10 años, marca Glandys, y ahí sí que me cautivó. El chico del establecimiento se alegró muchísimo de que nos gustara ese vino, pues por lo visto no solía ser lo habitual. A mí me recordaba al Fondillón, ese sabor viejo, noble, desde luego no tan oloroso como el que fabricamos con nuestra Monastrell, pero sí nos recordaba. Les hablamos de nuestro vino Fondillón, que no conocían, pero se mostraron muy interesados. A ver si hemos conseguido hacer una pequeña campaña… Los días siguientes hacíamos algún alto en el camino para ir a “Mundo do Vino” a tomar un vino antes del arduo deber de subir las escaleras del apartamento. El moscatel de Setúbal también fue otro descubrimiento.

Otra visita obligada es el Castillo de San Jorge. Para subir al castillo se puede tomar el ascensor en la Rua dos Fanqueiros. Y de allí se toma otro más; una vez arriba, la subida al castillo es fácil. Este castillo, que data de la época musulmana de mediados del siglo XI, ofrece preciosas vistas de Lisboa desde lo alto. Fue transformado en Palacio Real por los Reyes de Portugal en el s.XIII, y se utilizó como lugar de recepción de personas ilustres así como lugar de proclamación de reyes a lo largo de los siglos XIV, XV y XVI. A partir de la integración de Portugal en la Corona de España en 1580, el Castillo tuvo funciones básicamente militares, y así continuó hasta el s.XX. En 1755, tras el grave terremoto de Lisboa, se procedió a una profunda renovación, así como a la ejecución de nuevas construcciones.

Vista desde el Castillo de San Jorge

En cuanto a otros elevadores, quisimos tomar el Elevador da Gloria, que es el más antiguo, pero lamentablemente estaba en obras, así que nos dirigimos al Elevador do Lavra. Una vez arriba se pueden visitar los Jardines de Torel, desde donde hay una bonita vista. También hay un parque donde había gallinas y gallos sueltos, y un monumento de agradecimiento al Dr. Sousa Martíns.

 El último elevador por nombrar es el Elevador Da Bica, que sube al Barrio Alto.

Junto a la Plaza del Rossio, está la Plaza de D. Pedro IV. En esa plaza y en sus aledaños venden el popular licor “Ginja o Ginjinha”, hecha de cerezas, que se puede degustar en plena calle.

Me quedo con la espinita de volver a Sintra, a empaparme de su nostalgia, y pasear por sus palacios. Quizá algún día regrese, que seguro será un día de lluvia, pero no importará.

Mucho que ofrecer y que descubrir de Lisboa. Llena de plazoletas y rincones, para mi gusto no es una ciudad amable, no por sus gentes, que lo son, y mucho, sino por sus cuestas , sus subidas y bajadas, sus adoquines y pavimentos, que están muy deteriorados en muchos tramos de las zonas turísticas, o la hierba de las aceras. Eso, para muchos, es lo que la hace singular, romántica, y diferente.

Cristina Arroyo – Presidenta de AAPET