La tolerancia no es la cualidad de los españoles que más destaca entre nosotros, a tenor de nuestra dilatada (y agitada en ocasiones) convivencia histórica, como sí lo hacen nuestro carácter expansivo, el ingenio o el sentido lúdico de la vida, que tanto nos identifica. Pero no menos cierto resulta que de unos años a esta parte (los tres últimos, quizá) asistimos a un recrudecimiento de la crispación o, lo que es igual, a una convivencia más tensa y difícil, cuando precisamente la diversidad social actual crece exponencialmente y la sociedad se revela más abierta a nuevas corrientes culturales, ideas y personas que, en su derecho, exigen se escuche su voz y se manifieste su presencia. Así las cosas, esta nueva realidad nos obliga ( y no sólo a gobernantes) a aprender a manejarnos en esta gran complejidad, que gestionada con acierto nos enriquecería a todos.

 

La convivencia, sin embargo, no parece discurrir como seria lo deseable. No hay más que observar la creciente negatividad con la que abren los informativos, escritos y audiovisuales, donde abundan grandes desacuerdos y confrontaciones, cuando no insultos o amenazas, que en demasiados casos se tiñen de violencia, con la lógica desafección política e informativa entre millones de ciudadanos. Una ciudadania sumida con frecuencia entre el desánimo y la perplejidad, cuando no “contaminada” por la creciente agresividad verbal y desorientación reinantes. Ante esta situación, ¿qué hacer?, nos preguntamos. ¿Es ésta la democracia por la que tantos luchamos? ¿Qué es lo que nos está fallando y qué podría hacerse para revertir esta crispación creciente?…Son preguntas que nos hacemos cada  vez (¡eso creo!) millones de españoles, que nos revelamos y clamamos, con la sensación de que nuestras voces no se oyen o se pierden con el viento…

 

Desde mi humilde opinión, e intentando resumir algo seguramente más complejo y arduo: creo que estamos perdiendo el sentido más profundo de la palabra DEMOCRACIA, como ese lugar común que nos permite a todos convivir desde el respeto, con independencia de credo religioso, tendencia política o procedencia y estrato social. Pero para ello se hace imprescindible  crecer en el respeto mutuo. O resumido a una palabra, la convivencia tolerante, convencida cada dia más de que al nivel de TOLERANCIA que exhibamos se le corresponderá la CALIDAD DEMOCRÁTICA que disfrutemos…Y estos son, a mi juicio los problemas subyacentes, que hacen que este nivel democrático viva hoy en nuestro país horas tan bajas:

 

  • La creciente polarización social
  • Los riesgos de los populismos
  • La corrupción política
  • La crispación exacerbada en ámbitos públicos incluida
  • Los adversarios son “vistos”como enemigos
  • La responsabilidad de los Medios de Comunicación, también polarizados
  • La escasez de liderazgo político y referentes sociales
  • La agresividad verbal creciente
  • La escasez de valores compartidos
  • Los fracasos en Educación
  • La brecha salarial, en especial desde la crisis (2008)
  • La pérdida de perspectivas laborales de los jóvenes
  • El desempleo de larga duración
  • El aumento de personas y familias en riesgo de exclusión social

 

RADICALISMO versus RESPETO CULTURAL

 

El radicalismo de ciertas instituciones públicas respecto de las tradiciones culturales, entendidas como cultura popular, CULTURA al fin, se observa con preocupación entre muchos ciudadanos. Sirvan de ejemplo, tradiciones centenarias, algunas de trasfondo religioso, que trascienden cualquier credo  por su arraigo popular y formar parte del acervo cultural de muchos de nuestros  pueblos, ciudades o regiones, como la Semana Santa o la Cabalgata de Reyes, entre otras.

 

De todos es sabido que la la cultura ancestral europea es en esencia judeocristiana. Y que en España, como en el resto de Occidente, hoy conviven otras opciones religiosas en un panel de libertades que avalan la Constitución y que todos nos dimos hace ya 40 años, declarando oficialmente a España como Estado aconfesional y el respeto y la igualdad de culto. Pero también aquí respeto y tolerancia están dejando que desear…

 

Baste recordar, al menos, dos ejemplos en los que el radicalismo ideológico oficial fruto de una gestión extremadamente intolerante, en ocasiones, avalan lo hasta aquí expuesto:

 

  • La falta de apoyo, cuando no deseo de aminorar o incluso desaparecer, las Procesiones, celebraciones propias de Semana Santa, que trascendiendo su sentido religioso, que forman parte de nuestra cultura y tanto respeto y admiración suscita entre locales y foráneos, favoreciendo una afluencia turística estimable, atraída desde décadas por esas fechas.

 

  • Los cambios introducidos por ciertas Administraciones Locales en celebraciones populares como las Cabalgatas de Reyes, llegando en algunos casos a su desnaturalización, hasta casi desaparecer la “magia” entre los más pequeños, al sustituir los Reyes Magos de siempre por otros subidos en plataforma y con vestimenta futurista de imposible identificación para los niños y sus padres.

 

Y todo esto por no entender que porque yo no comparta o practique credo religioso alguno, no tengo por qué usurpar a otros ( en ocasiones millones) de algo que los ciudadanos sienten como propio y no perjudica a nadie, excepto -eso sí- a quienes desde la responsabilidad política o institucional se empecinan en su “pensamiento único” trasladado al espacio común, en una suerte de intolerancia intolerable y muy poco democrática para una sociedad diversa como la que compartimos.

 

 

 

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