En agosto realizamos una breve escapada a Cracovia, Polonia, que está conectada con vuelo directo a través del aeropuerto Alicante-Elche Miguel Hernández. El nombre del aeropuerto de Cracovia es Juan Pablo II. Una vez allí, te das cuenta de que toda la ciudad está muy volcada en la figura de Karol Wojtyla, y muy orgullosa de que hubiera ocupado una gran parte de sus años en esta bella ciudad.

El aeropuerto de Cracovia es bastante “asequible”. No es muy grande, la terminal de salidas y llegadas están juntas y todo está muy bien indicado. Así que desde allí tomamos el tren SKA1 (el único que pasa por allí) para llegar al hotel.  Aproximadamente cada media hora pasan trenes para ir al centro de la ciudad, que por cierto tiene una población de unos ochocientos mil habitantes, solo que la ciudad no tiene ‘a priori’ esa apariencia de ciudad poblada. Nos bajamos en la estación central de Cracovia (Kraków Główny) y el pasaje nos costó unos 80 PLN (eslotis), que al cambio son unos 4,50 euros. Sí, Polonia no ha adoptado el euro como moneda, pero está muy preparada para poder pagar todo con tarjeta de crédito, débito, móvil…

Río Vístula

Se nos hizo la hora de comer, y en el centro comercial de la estación de tren había un sitio de comida típica llamado “Bistro”; allí ya probamos los pierogi, que son unas empanadillas cocidas que recuerdan mucho a las gyozas (esto seguro que os suena más), tortitas de patatas, salchichas polacas… Y guisos con champiñones y setas, muy utilizados en la cocina polaca. El cerdo también se consume mucho. En ese lugar en concreto te cobraban la comida al peso, y no resultó nada caro. De hecho durante nuestra estancia pudimos comprobar que salir a comer/cenar es más económico que en España, así como las cervezas. Lo habitual allí es consumir las pintas, que suelen ser de alrededor de medio litro, y también tienen menor precio que en nuestro país.
Asimismo, se consumen mucho los zumos de frutas y las bebidas licuadas.

Esa misma tarde ya teníamos contratada una visita guiada. El tiempo justo para descansar un poco  y desplazarnos a la Cruz de Katyn, a los pies del Castillo de Wawel, pues era el punto de encuentro con nuestra guía. Ese memorial rinde homenaje a los miles de polacos y polacas exterminados en los bosques de Katyn en 1940, en su mayoría militares, políticos e intelectuales. Fueron perseguidos por el NKVD (ministerio del interior y policía secreta soviética) y posteriormente exterminados.

Hay numerosos memoriales sobre esta matanza no solo en otras ciudades de Polonia, sino también en otras partes del mundo: Austria, Rusia, Canadá, Ucrania, Sudáfrica…

Llegamos con algo de tiempo al punto de encuentro, por lo que paseamos por la calle adyacente, la calle Grodzka, una calle peatonal llena de cafeterías con encanto y confiterías.

Los pasteles, a muy buen precio también, y vistosos, como podéis observar.

 Ya con nuestra guía fuimos ascendiendo la ladera del Castillo de Wawel mientras nos contaba curiosidades y leyendas, algunas relacionadas con el símbolo de Cracovia, el dragón.

El catolicismo empieza en Polonia en el año 966, con el bautismo del príncipe Mieszko I, aunque continúan con algunas tradiciones paganas.

Entre los puntos de interés de Cracovia se encuentran la colina de Wawel, con el Castillo de Wawel,  la Catedral de San Estanislao y San Wenceslao, donde están enterrados la mayoría de los reyes de Polonia, las torres y sus hermosos jardines. 

Respecto a la Catedral, hay una curiosidad, y es que en uno de sus laterales hay siempre un centinela custodiando restos óseos de grandes animales como los de una ballena, un hueso de mamut, y otro de un rinoceronte. Y aunque la leyenda creía que los huesos eran del famoso Dragón de Wawel, los estudios realizados posteriormente, cuando ya hubo medios para ello, demostraron que pertenecían a estos animales de la edad del hielo. El hecho de exponerlos allí desde el s.XVI es a modo de protección.

Pasamos por la casa de Karol Wojtyla, y la guía nos mostró los símbolos que les hacían a algunas casas católicas para que los sacerdotes supieran que si iban a esas casas serían bien acogidos.

En la foto superior, las letras K+M+B, significan «Melchor, Gaspar y Baltasar», indicando así que se trata de una casa católica.

Así, callejeando y escuchando curiosidades e historia, llegamos a la Plaza del Mercado. Es una plaza enorme, que si bien no es la plaza más grande de Europa en términos absolutos, sí ostenta el título de ser la plaza de mercado medieval más grande de Europa (200 x 200 metros).

Allí está la famosa Lonja de los Paños, donde desde hace más de cien años, numerosos puestos venden sus productos, sobre todo de artesanía, y en especial de ámbar. Todo el ámbar que se vende aquí tiene una garantía de calidad y autenticidad, pues, según contaron, de no ser así, perderían la licencia.

En la plaza también puedes disfrutar de la coqueta Iglesia de San Alberto, la Iglesia de Santa Bárbara (en los aledaños), y la hermosa Basílica de Santa María. Desde allí, a las horas en punto, los 365 días del año, un trompetista toca una melodía que se dirige a los cuatro puntos cardinales: hacia el norte (hacia la puerta de la Barbacana, para los guardias que vigilan la entrada de la ciudad), hacia el sur (hacia el Castillo de Wawel, para los reyes), hacia el este (para los bomberos y comerciantes), y hacia el oeste (para los ciudadanos). Esta melodía se ve interrumpida en un momento, para luego retomarla después, y ello es a causa de una flecha que tiempo ha, atravesó la garganta del trompetista. En conmemoración a este hecho histórico, la melodía siempre se interrumpe en un punto para luego continuar.

Resulta muy agradable tomar algo en esta hermosa plaza, o caminar por la calle San Florián. Nos hubiera gustado callejear más pero la ola de calor no dejó de lado a la hermosa ciudad de Cracovia. Aún así, resulta imprescindible pasar por la calle San Florián y ver la apertura de la Barbacana a las diez de la mañana , pues es de lo más curioso. En verano, de mayo a septiembre, se realiza una recreación histórica, con personajes vestidos de época y guardias medievales, y un trompetista “inaugura” la apertura desde un pequeño podio de madera.

En las plazas hay muchas palomas, y están protegidas. La leyenda dice que contienen las almas de los soldados.

La Barbacana

Puerta de San Florián

Como os he comentado antes, sufrimos un calor intenso y no todos los restaurantes y bares están preparados para ello. Pero la guía, entre otras cosas, nos habló de un restaurante tipo buffet de comida típica polaca. No estaba lejos de la plaza, así que nos acercamos y la temperatura era de lo más agradable. Estaba en un callejón que daba a un patio interior. Se llama Chimera. La comida estaba rica, además de que pudimos probar las típicas sopas polacas. Si la quieres fría y vas a ver la carta, fíjate que ponga “chlodnik. Un guitarrista amenizaba la cena. Además, la cerveza y la comida era económica, ¿qué más podíamos pedir?

Caminando por Cracovia, encontrarás unos carritos azules donde venden unos roscos de trigo trenzado que suelen llevar semillas de sésamo o de amapola. Nosotros no los probamos pero tienen muchos adeptos, de eso doy fe.

Mi marido quiso comer un pastel típico de allí, que casualmente lo había visto en un reportaje de televisión, y fuimos en su búsqueda. No lo tenían en muchos sitios pero todos lo conocían. Al final lo encontramos. Se llama “Karpatka” y es un homenaje a los montes Cárpatos.

Otros lugares típicos de Polonia son los “bares de leche”. Son casas antiguas donde se sirve comida polaca tradicional. Uno de los más conocidos, de los que más figura en redes y también que aconsejan los guías, es el U Babci Maliny, en la calle Szpitalna. Fuimos al día siguiente, y comimos fenomenal, muy abundantemente porque las raciones eran mucho más generosas de lo que esperábamos, y algunos platos iban acompañados de una sopa agria riquísima, característica de Cracovia. El “pero” era que la gente que pagaba en efectivo, se sentaba em la planta de abajo, tenían su propia camarera, y se estaba fresquito. El resto, los que íbamos a pagar con tarjeta, wallet, etc. que era la gran mayoría,  nos teníamos que sentar o en la planta a pie de calle, o en la planta superior. Y tenías que ir a recoger la comanda personalmente. Al principio se estaba bien pero luego empezó a hacer calor. Había varios grupos de españoles, por ello hablo de la publicidad en redes sociales, pues sin ir más lejos, una pareja muy agradable nos comentó que lo habían visto en tiktok. Aún así, la experiencia fue muy positiva.

Planta superior del restaurante
Sopa agria polaca

Por la tarde teníamos la visita a las Minas de Sal de Wieliczka. Se encuentran a unos veinte minutos del centro de Cracovia, y se puede ir cómodamente en tren.

Si vas a visitarlas en temporada alta, te puede suceder que vayas a comprar la entrada, y no puedas hacerlo por encontrarse todo vendido. Pero no desesperes porque lo que suele ocurrir, es que hay plataformas que adquieren muchas entradas para tener que acudir a ellos. Si en la propia web de las minas no disponen para poder acudir las fechas de tu viaje, prueba con Civitatis, Viator, etc. Ellos incluyen el paquete de visita y transporte en el precio, y aunque te salga más caro, al menos tendrás la oportunidad de verlas. Obligatoriamente debes acceder con guía dentro de las minas.  

También, estas plataformas suelen indicar que no se necesitan condiciones físicas especiales para acceder pero no es cierto. La visita habitual tiene una duración de unas 2-3 horas y al finalizar el recorrido habrás subido y bajado unos 800 escalones, de los cuales 380 los bajas al principio. A esto no se le da demasiada publicidad, cuando la realidad es que deberían tenerlo bien marcado en la página web o un poco antes de efectuar la compra. Pero por suerte nosotros nos informamos y supimos de la existencia de una visita más corta y accesible, en la que además se visitan los mismos puntos, y no debes pagar nada extra por ello. Pero esta visita no está disponible en español, solo en polaco e inglés.

Solo por ver la Capilla de Santa Kinga merece la pena ir. Todo, absolutamente todo está hecho en sal, incluso las lámparas y el suelo. Y lo más alucinante es que fue realizada por solo tres mineros-escultores a lo largo de un periodo de unos 67 años (entre 1895 y 1963). Trabajaban en las minas, y al finalizar sus turnos, la fe les hacía continuar este precioso trabajo. Imaginaos tantas horas bajo tierra, sin ver la luz del sol.

La temperatura en el interior era de unos 17º. ¡Estábamos encantados!

No quiero hacer mucho espóiler, por lo que no pondré más fotos de las Minas de Wieliczka.

Esa madrugada nos marchábamos de vuelta a Alicante. La opción del tren resultaba arriesgada porque por las noches pasaba uno cada hora, así que decidimos probar con la aplicación “Bolt”, que nos dijeron que sobre todo en Polonia funcionaba muy bien. En cuanto lo pedimos, a los dos minutos el conductor nos escribió diciéndonos que ya estaba. Pero claro, la ubicación desde la habitación (lo solicitamos desde allí para ahorrar tiempo), no era la misma que desde la recepción, así que cuando se lo aclaramos, es cierto que el chico apareció enseguida, pero ni hola, ni adiós, ni darse la vuelta para mirarnos la cara. Solo le preguntamos si era “fulanito” para asegurarnos de que era el conductor, y dijo “yes” cansadamente. El chico no sería polaco y utilizaría un traductor de inglés. Emprendió el viaje a toda prisa, y a mí me surgía la duda de si a esas horas de la madrugada no me habría equivocado en el destino. Le dijimos: “vamos al aeropuerto”, y la callada por respuesta. Eso sí, finalmente nos dejó en el aeropuerto en un santiamén y se marchó precipitadamente sin despedirse. Al menos fue barato el viaje, y nos dejó en el destino acordado en la app.

Así acabó nuestra escapada. Espero que os haya gustado esta crónica. Desde luego, Cracovia nos sorprendió gratamente.

Por Cristina Arroyo

Escritora. Autora de artículos turísticos. Autora de los libros "Los Vértices del Cariño", "Historias de un bar con música a menos tres escalones", y "La Senda del Camaleón". Editora de la novela histórica "Al-Azraq, el árabe". Presidenta de AAPET

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