Hay tradiciones que nacen de la alegría y las hay que brotan del dolor más profundo. La rogativa a San Emigdio que cada 21 de marzo recorre las calles de Almoradí, pertenece a esta segunda categoría: es el recuerdo vivo de una catástrofe que, a las seis y cuarto de la tarde de ese mismo día del año 1829, borró del mapa una localidad entera y transformó para siempre la Vega Baja del Segura.



La tarde que se derrumbó Almoradí
El 21 de marzo de 1829, al toque de las primeras oraciones, dos sacudidas consecutivas destruyeron Almoradí casi por completo. El informe lo describía sin paliativos: calles estrechas, edificios de varias plantas, sin cimentación y con vigas de madera que se derrumbaron unos sobre otros, arrastrando a quienes intentaban huir. Solo en este municipio perdieron la vida cerca de 192 personas, la mitad de todas las víctimas que causó el seísmo en la comarca de la Vega Baja del Segura.
El terremoto, conocido como el de Torrevieja, aunque Almoradí fue la localidad más castigada en número de víctimas, alcanzó una magnitud estimada de 6,6 en la escala de Richter. Destruyó por completo también Benejúzar, Guardamar y la propia Torrevieja, dañó miles de viviendas y derribó los puentes sobre el Segura en cuatro municipios. Según los estudios del catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Alicante Gregorio Canales Martínez, publicados en su libro La catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones, el período comprendido entre septiembre de 1828 y marzo de 1829 concentró más de doscientos movimientos sísmicos en la zona.
San Emigdio: el santo de los terremotos
La devoción a San Emigdio en la Vega Baja no nació con el terremoto, sino que lo precedía. Este obispo y mártir nacido en Tréveris (Alemania) y muerto en Ascoli Piceno (Italia) en el año 303 d.C. es invocado desde siglos antes como protector contra los seísmos, en parte porque cuenta la tradición que en su propio martirio la tierra tembló al derrumbarse el templo de Júpiter ante su oración. Su patronazgo cobró impulso en España a raíz del terremoto de Lisboa de 1755.
Lo que resulta singular en el caso de Almoradí es que ya contaba con un altar dedicado a San Emigdio antes de la tragedia. La visita pastoral que el obispo de Orihuela, Félix Herrero, realizó entre el 24 y el 26 de febrero de 1829, apenas tres semanas antes del gran terremoto, dejó documentado en su inventario un altar con capilla propia dedicado al santo. Era el primero de toda la Diócesis de Orihuela. Una premonición, diría la piedad popular.
Tras la catástrofe, los supervivientes, según recogen las crónicas de la época, acudieron en masa con sus ofrendas para obtener una nueva imagen del santo a quien atribuían su salvación. El nombre de San Emigdio quedó también grabado en el callejero del Almoradí reconstruido: la calle que da a la puerta principal de la iglesia de San Andrés lleva su nombre todavía hoy.
Una nueva ciudad sobre las ruinas
La reconstrucción de Almoradí fue uno de los primeros ejemplos de urbanismo antisísmico planificado en la historia de España. El ingeniero José Agustín de Larramendi, enviado por el rey Fernando VII, diseñó un trazado de calles más anchas y edificios de menor altura que el anterior. Con los fondos recaudados, que alcanzaron los ocho millones y medio de reales, se levantaron 124 viviendas idénticas entregadas gratuitamente a las familias más pobres. Una de esas casas, en el número 33 de la calle La Reina, es la única que se conserva en pie tal como fue construida entonces.



Esa vivienda es hoy la sede del Museo del Terremoto de Almoradí, al que ya dediqué un artículo en este mismo Blog. El museo propone una experiencia inmersiva que permite revivir el impacto de la catástrofe y conectar al visitante con la historia de los municipios afectados. Es, junto con la rogativa anual, la forma más tangible que tiene Almoradí de mantener viva la memoria de lo que ocurrió aquella tarde de marzo de la se cumplen 197 años.
Algunos compañeros de esta Asociación tuvieron la oportunidad de visitarlo el pasado 8 de marzo, coincidiendo con el Congreso Nacional de la Alcachofa, experiencia que contó José Juan López.
La rogativa: un rito ininterrumpido desde 1829
Cada 21 de marzo, desde aquel año, se celebra en Almoradí la misma secuencia: primero una misa en la iglesia de San Andrés y a continuación la «rogativa», una procesión en la que la imagen de San Emigdio sale por la Plaza de la Constitución, desde hace años escoltado por miembros de Protección Civil.



Las fotografías de este año lo muestran con elocuencia: la talla del santo, revestido con los ornamentos episcopales en púrpura y dorado que le son propios, avanza sobre su paso adornado de flores encarnadas mientras sacerdotes con casullas moradas y decenas de fieles le siguen en silencio. Al fondo, la fachada iluminada de San Andrés, la iglesia que Larramendi levantó sobre las ruinas de la anterior, cierra el escenario con su Cristo en lo alto. No es una recreación folclórica: es el mismo gesto que repitieron los supervivientes de 1829, y sus hijos y sus nietos, hasta hoy.

La rogativa se ha mantenido incluso en años en los que la tierra ha vuelto a temblar. En agosto de 2008, cuando un seísmo de magnitud 3,6 sacudió la comarca, la imagen de San Emigdio fue sacada en procesión en Almoradí y en Catral, convocando a centenares de personas. La memoria del terremoto no se ha borrado del inconsciente colectivo de esta tierra.
Una devoción compartida con Ascoli Piceno
La conexión entre Almoradí y la ciudad italiana de Ascoli Piceno es más estrecha de lo que pudiera parecer. En 2015, gracias a la gestión de la Asociación Cultural Castrum Altum de Catral, una reliquia del santo fue trasladada a la iglesia de San Andrés y en agosto de 2018 un nutrido grupo de almoradidenses, con su alcaldesa María Gómez al frente, viajamos a la ciudad italiana de Ascoli, visitando el lugar donde fue martirizado y celebrando una misa en las catacumbas de la catedral, donde el cuerpo de San Emigdio reposa desde el año 1000.
Almoradí figura además en la revista que Ascoli publica con motivo de sus festividades en honor al patrono, como ejemplo de la devoción a San Emigdio en el mundo.


Visitar Almoradí el 21 de marzo es asistir a algo que va más allá del turismo cultural ordinario. Es encontrarse con una comunidad que lleva casi doscientos años renovando cada año el mismo pacto con su historia: el de no olvidar, el de agradecer, el de pedir amparo ante lo que la tierra puede hacer en cuestión de segundos. La rogativa a San Emigdio es, en definitiva, una de esas tradiciones populares que merecen ser conocidas y respetadas mucho más allá de los límites de la Vega Baja del Segura.

