Llegué a la isla con 21 años recién cumplidos, el título de Turismo en la maleta, y el alma llena de proyectos. Ni en los mejores sueños de mi romántica personalidad había imaginado nunca una oportunidad como aquella, de dirigir el hotel en que se había convertido la Casa del Gobernador de la isla más pequeña habitada del Mediterráneo.

Elegí la habitación número 13 como alojamiento personal mientras llegase la temporada alta, a sabiendas de que sería la última habitación en ocuparse; era la más pequeña, pero además tenía claro que los clientes la evitarían, de ahí que muchos hoteles obvien el trece en su numeración.
Aunque parezca increíble, teniendo en cuenta mi osadía al aceptar aquel puesto de trabajo, soy de naturaleza miedosa, de esas personas que van deprisa por las calles oscuras y tienen el corazón a mil hasta que cierran la puerta de casa tras de sí cuando regresan tarde por la noche. Pero podía más mi ambición y mis ganas de aprender.
En aquellos primeros días de temporada baja, en los que la mayoría de las noches de la semana era la única huésped del hotel, mantenía encendidas todas las luces del gran salón de paredes de piedra hasta justo la hora en que me iba a dormir, y al llegar la hora corría hasta mi habitación, cerraba la puerta con llave y me tapaba con la sábana hasta las cejas, como si aquello pudiera protegerme… ¿De qué? ¿De los piratas y forajidos que ya no calaban en la isla? ¿De los fantasmas de los habitantes de aquella casa, que hacía años que descansaban en el cementerio, en Cabo Falcó, la punta más lejana de la isla? Bendita juventud, y bendito el trabajo duro, que me protegió de las noches en vela mientras duró mi aventura en la isla.
Rogué a los isleños que no me contasen historias de miedo o leyendas acerca de la Casa del Gobernador y las gentes que la habían morado, para evitarme pesadillas que sólo harían más difíciles mis noches. Pero al simpático Manuel, en una de nuestras conversaciones sobre las costumbres de sus antepasados, se le escapó la historia del túnel que debía partir justo del centro de la casa, bajo alguna de las grandes losas del suelo. El túnel había sido construido para ofrecer una vía de escape al gobernador de la isla en caso de ataque, y conectaba la casa con la Cova del Llop Marí (La Cueva del Lobo Marino), una cueva que se abría al mar a pocos metros del hotel, bajo el acantilado. La historia era seguramente cierta, ya que toda la isla estaba horadada por túneles, que fueron utilizados en su día por piratas y soldados. Pero actualmente no eran practicables, por haber sido inutilizados al sellar o volar sus entradas, como pude comprobar más adelante, al adentrarme un día en la Cova del Llop Marí (pero esa es otra historia…).
En aquel entonces, yo devoraba libros, no sólo leía. Y siendo prácticamente una adolescente, buscaba siempre novelas que tuvieran una historia de amor como hilo narrativo central. En aquella isla, yo era la protagonista de una maravillosa novela; me encantaba pasear por las murallas al anochecer, completamente sola, escuchando el tintineo de los mástiles y sintiendo la brisa del mar en el rostro, observando las luces de tierra firme, allá, a lo lejos… Las noches de viento o lluvia las olas golpeaban con fuerza contra las rocas, y el espectáculo era verdaderamente impresionante, me llenaba el alma.
Pero una noche la tormenta era mucho más fuerte de lo normal. Los barcos que unían la isla con la península no habían podido operar en todo el día, y en la isla no seríamos más de veinte personas. Cayó la noche y yo seguí mi ritual de siempre: apagué todas las luces, corrí a mi habitación, cerré la puerta con llave, me tapé hasta el nacimiento del pelo… Pero el sonido del viento era atronador, y de pronto escuché un gran golpe, y el viento sonar aún más fuerte bajo la escalera.
Sabía de qué se trataba. La planta baja del hotel, de gruesos muros de piedra, se abría al mar en tres de sus fachadas con grandes puertas, que en su día serían seguramente de madera, pero que durante la restauración se habían solucionado con unos portalones de aluminio, que difícilmente soportaban los embates del viento. Ya me había sucedido en alguna ocasión que una fuerte ráfaga había abierto de golpe alguna de las puertas, a pesar de estar echado el pestillo.
Así que me armé de valor. Me puse un batín, cogí una linterna, y bajé las escaleras, corriendo hasta llegar al cuadro de luces para poder prenderlas todas. El espectáculo era dantesco: dos de los grandes portalones estaban abiertos de par en par, las largas cortinas volaban hacia el techo, y el sonido atronador de la tormenta lo inundaba todo.
Fue la adrenalina la que me hizo actuar, supongo: entré en el almacén de la cocina y saqué una a una todas las bombonas de butano que había, para apuntalar las puertas más expuestas al viento.
Y en uno de mis viajes desesperados del salón a la cocina, mojada por el sudor y la lluvia, el pelo atolondrado y el corazón latiendo a mil, al pasar sobre una de las grandes losas, en el centro del salón, lo sentí.
Supe que allí estaba la entrada al túnel.
Pude sentir claramente bajo mis pies el embate de las olas, esa sensación de que había agua justo debajo. Y, sobre todo, el olor. Ese olor fuerte a mar, el olor del viento cargado de salitre y aroma a posidonia marina. Y me vinieron a la mente cientos de imágenes de piratas, de gentes refugiadas entre aquellas paredes de piedra, de olores y sonidos de otros tiempos. Y SENTÍ, de verdad, la historia viva de la isla.
A partir de aquel día, aprendí a reconocer otros pequeños signos de aquel túnel al mar; el aroma ya más sutil que se percibía justo sobre esa losa del suelo, el color apenas débilmente diferente de la piedra, la sensación, que quizás sólo yo tenía al pisarla. De otros tiempos, de otras vidas. Y que ya no me abandonó jamás mientras estuve en la isla.
Nota de la autora: Esta historia no está basada en hechos reales, sino que son hechos rigurosamente reales. La viví hace treinta años, en la Isla de Tabarca, frente a la costa de Alicante. El Hotel Casa del Gobernador se llama actualmente Hotel Isla de Tabarca.


