Imagen de la Playa de la Fossa y el Peñón de Ifach


El eco de los fenicios en las rocas del Peñón, donde Calpe no se explica sin su gigante de piedra. El Peñón de Ifach, ese coloso de 332 metros que parece vigilar el Mediterráneo desde hace milenios, es el guardián silencioso de una historia que comenzó con fenicios y que salaban pescado en sus costas además de los romanos que levantaron villae donde hoy los niños juegan en la playa de la Fossa.

Paseando por el Poblado de Ifach, los restos arqueológicos de la antigua ciudad medieval, uno puede casi escuchar el rumor de las redes de los pescadores del siglo XIV. Fueron ellos quienes, entre calas y barcas de madera, forjaron el carácter de un pueblo que hoy huele a paella y a salitre, pero que conserva en sus calles estrechas del casco antiguo el eco de un pasado que resiste al turismo masivo.

De la almadraba a los «instagramers» pasando por la esencia del Museo del Coleccionismo, donde una vitrina guarda un tesoro inesperado, una ánfora romana encontrada en 1992 por un buceador local cerca de las Islas Hormigas. «Los romanos ya sabían que esto era un paraíso», bromea el director, señalando los restos de garum (la salsa de pescado que endulzaba los banquetes imperiales). Esa misma tradición pervive en los restaurantes del puerto, donde los llanda (pescadores tradicionales) siguen vendiendo atún rojo al grito.

Pero Calpe no es solo nostalgia. El arquitecto Ricardo Bofill dejó aquí su huella vanguardista con La Muralla Roja, ese laberinto de colores que parece sacado de un cuento árabe y atrae a fotógrafos de medio mundo. «Es como si Gaudí y un califa se hubieran puesto a diseñar juntos», me comenta una turista francesa mientras ajusta el foco de su cámara.

Cuentan que en 1958, el escritor Camilo José Cela se quedó tan fascinado por el Peñón de Ifach que intentó comprarlo. «Quería escribir aquí mis novelas, con el mar como único testigo», comentaba confesando años después. Aunque el proyecto nunca se cumplió, su pasión por Calpe quedó reflejada en sus cuadernos de viaje.

Imagen del Nobel Camilo Jose Cela

Menos literario pero igual de intrigante fue el caso de Robert Maxwell, el magnate británico (y luego por lo visto espía) que en los años 60 atracó su yate en la bahía para reuniones clandestinas.

A principios del siglo XX, el artista local Vicente Moya pintó el Peñón una y otra vez, obsesionado con su luz cambiante. Cuando Joaquín Sorolla visitó Calpe en 1916, quedó tan impresionado por sus acuarelas que le regaló una caja de pinceles. Dicen que le comentó «usted ha captado el alma de esta roca». Esa caja se conserva en la Casa de la Cultura, junto a cartas donde Sorolla describe Calpe como «un sueño azul y blanco».

Hay que mencionar a ese doctor alemán que salvó a todo un pueblo en los años 50, donde un refugiado judío que huyó de Alemania se instaló en Calpe y revolucionó su sanidad. Creó un dispensario gratuito para pescadores y, durante un brote de cólera, improvisó un hospital en una antigua sala de cine. Los mayores aún recuerdan cómo Ernest Hemingway, de paso por el pueblo, donó dinero para medicinas tras conocer su historia además de donde el Nobel escribió fragmentos de «El viejo y el mar».

Hoffmann está enterrado en el cementerio municipal y su lápida, en alemán y valenciano, dicta… «Aquí reposa el que amó esta tierra como la suya».

Así es Calpe y el peñón de Ifach, un símbolo vivo del mediterráneo ya que es el único peñón habitado de Europa y ambiente protegido como parque natural.

¿Y qué me decís de las salina?, un espectáculo en rosa, donde al atardecer, los flamencos tiñen de fucsia este humedal donde se extraía sal en el siglo XX.

La cocina que une siglos del pasado con sabores contemporáneos, desde el arròs a la calpina (con langosta de la bahía) hasta los espencat (herencia morisca), cada plato cuenta una historia.

En los años 60, un grupo de niños descubrió casualmente las termas romanas de los Baños de la Reina mientras jugaban al fútbol. Hoy, ese yacimiento donde los emperadores se bañaban con agua de mar sigue desvelando secretos.

Los Baños de la Reina: una piscina tallada en roca por los romanos que deben su nombre a una leyenda morisca. Se dice que una princesa nazarí se bañaba allí bajo la luna. Pero en 1891, el lugar fue escenario de un suceso real. Un arqueólogo alemán intentó llevarse un mosaico romano escondiéndolo en un cargamento de almendras. Los vecinos, alertados por el peso sospechoso de los sacos, lo interceptaron en el puerto.

La frase del poeta calpino Vicente Buigues «El mar no es el mismo si lo miras desde aquí» grabada en un banco del paseo marítimo, resume la magia de este lugar. Calpe no es un destino, es un viaje en capas y que bajo sus aguas turquesas yacen barcos hundidos, en cuyas fiestas de moros y cristianos resuenan siglos de convivencia, en unos atardeceres allí contra el Peñón se dibuja la silueta de una historia que no ha terminado y un Mediterráneo que susurra al oído sus secretos mejor guardados.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.