«En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» Así comenzaba Cervantes su inmortal obra, pero hoy sí quiero acordarme. Sí quiero acordarme y nombrar esos pueblos de tierra dorada, cielos infinitos y gente que habla a  los ojos. La Mancha no es solo el escenario del Quijote, es un latido lento pero firme, un aroma a pan recién horneado, a vino derramado en conversaciones largas y a atardeceres que parecen pintados por un dios impresionista.

Que sí, que desciendo de manchegos, de abuelo de Campo de Criptana y abuela tomellosera. En Campo de Criptana, los molinos, gigantes dormidos y de tierra que son versos sueltos siguen contando batallas imaginarias. Aquí el tiempo no pasa, se recuesta, me dice un anciano mientras ajusta su boina. Más al sur, Almagro despliega su Plaza Mayor como un teatro al aire libre, donde las casas de corredores verdes susurran historias de comedias del Siglo de Oro.

“Vente, chico, en octubre”, ¿chico? Qué felicidad me impregno a mis 51 primaveras, y que me recomienda una tabernera , cuando el festival de teatro convierte las calles en escenarios y hasta los fantasmas aplauden.

Me fijé en sus manos, que parecían talladas en raíces de olivo como el que tenemos en el patio de la casa de Tomelloso, “menudos dedos”, curtidos por el vino que escanciaba desde hacía medio siglo, y la piel ajada, como el pergamino de su libro de cuentas antiguo en un lateral de la barra.

En sus palmas, los callos dibujaban mapas de trabajo, aquí el que dejó la jarra pesada de tinajas, allá el que labró el frío del agua en invierno. Las uñas, cortas y sin adornos, tenían siempre una leve sombra terrosa, como si el polvo de los caminos manchegos se negara a abandonarlas del todo.

Soportales de Almagro

Su cuerpo, ancho y firme como una mesa de roble, llevaba la memoria de miles de  noches de trabajo, con hombros redondos y fuertes, habían sostenido tanto las risas de las fiestas como el peso de los años. Y en su delantal, siempre limpio pero desgastado en los bordes, se guardaban las historias de todos los que habían pasado por su taberna, las migas de pan seco, las manchas de vino tinto como firmas borrosas del paso del tiempo.

En Almagro y en La Tabernilla el movimiento era sin prisas, como si el tiempo se hubiera puesto de acuerdo para moverse a su ritmo. Y si cerrabas los ojos, podías jurar que sus manos, al rozar el cristal, susurraban versos de Cervantes entre el tintineo de las copas y el rumor de la plaza mayor siendo casi parte del mobiliario.

Y qué me decís del El Toboso, que  huele a almendras amargas y a amor eterno. En la Casa de Dulcinea, una guía con sonrisa pícara me confiesa «Aquí no hubo tal Dulcinea, pero cada mujer del pueblo lleva algo de ella” y yo dije: “estoy seguro”: terquedad, gracejo y un punto de locura ¿verdad?.

Aquí recuerdo a mi abuelo, que fue pastor y dejo esas sus tierras para ir a la capital con su familia para dar mejor porvenir a sus hijos.

Yo describo a La Mancha como la lentitud hecha arte, aquí no hay prisa, sino saber estar. Las mañanas empiezan con el olor del café en las tazas de loza gruesa y el crujir de pan redondo, con sabores que son abrazos a ese queso manchego con denominación de origen, migas que alimentan el alma, y vinos que «beben el sol», como dicen en Valdepeñas.

Tengo que confesar que soy cervantino y quijotesco. Tengo mi casa llena de bronces y plata, de todo tipo de figuras del fascinante hidalgo y su fiel escudero.

¿Pero qué pensáis del pueblo al lado del mío, Argamasilla de Alba?, donde juran que esa fue la «cueva de Montesinos» del Quijote.

 «¡Oh Montesinos, Montesinos! ¡Oh primo Durandarte, oh dulce Belerma! ¡Oh Guadiana, y vosotras, malhadadas hijas de Ruidera!».

Casa Medrano en Argamasilla de Alba

Me dijo con gran sabiduría un día Julio , un agricultor de Villanueva de los Infantes «Nos llaman manchegos, que en árabe es tierra seca, pero nosotros regamos con palabras», porque La Mancha no se visita, se siente. No es una tierra para selfis fugaces. Es para perderse por caminos y que te sorprenda una tormenta de verano mientras te refugias en alguna casa, para que una abuela te cuente por ejemplo cómo su abuelo conoció a Azorín , siempre recordando en palabras del poeta manchego Ángel Crespo diciendo que «Esta llanura no es pobre, es sobria».

Ya sé que no tiene mar, pero tiene olas de trigo. Y sobre todo, tiene verdad, esa que ya escasea en muchos otros lugares.

Jorge Monreal

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